Categoría: Deseo per se
2 Febrero 2006

- ¿Obedeces?
- Sí.
- ¿Cuándo?
- Siempre.
- Te amo. - le dije, besándole la mano - Pero ahora quítate la ropa. Y no tengas prisa.
Sonrió, cruzó las manos y levantó ligeramente una pierna en un gesto infantil, sólo por un segundo. Se volvió hacia Ana.
- ¿Eliges prenda? - le dijo.
- A tu gusto, guapa. - respondió Ana, recostándose en el sillón.
Mientras Pedro le veía las intenciones y se movía para cogernos a XX y a mí, ella se volteó un poco de nuevo para quedar bien a la vista de todos. No es que la blusa blanca que se había puesto tapase demasiado... pero con los dos botones que se abrió para empezar, la caída de la tela hacia ambos lados resultaba enormemente incitante. Yo lo sentía, y lo confirmé en cuanto Pedro, como un autómata, se acercó con la cámara hacia ella.
- Tranquííílo amorcito - le llamó la atención Ana - que vas a poder grabarlo todo.
Se subió ligeramente la falda negra y ajustada. La atascó sobre los muslos abriendo las piernas y me miró, arqueando un poco la espalda, acariciándose con ambas manos desde las caderas hasta apoyarlas en el culo.
- Cabrón. Te gusta que me luzca, eh?
- Me encanta. - resoplé.
La cara. Ahí estaba. Más allá de lo excitada que ella pudiera estar; por muy enferma que estuviese, yo sabía que esa cara era para desquiciarme a mí. Se mordió el labio para clavarme al sofá mientras seguía desabotonándose la blusa, no parándose hasta comenzar a bajar un poco la pequeña cremallera de la falda. Igual se la arranco, pensé. O ni tengo paciencia para ello. Respira. Respira.
- Uh huuu!... la que te estás buscando, nena - casi le gritó Ana desde el sillón. - Se le va a explotar la vena a tu chico.
La miré medio ido y me di cuenta del jeto que debía llevar. Eso me ayudó a respirar. Pedro la repasó con la cámara de la cabeza a los pies. Ella miró a la cámara por un instante y me volvió a clavar los ojos, para quitarse la falda. Rápidamente, para no darme tregua, agarró la falda y tiró de ella hacia arriba, dejándome ver que se había pasado la noche entera sin llevar bragas. Su preciosidad recién afeitada. Las botas. La blusa abierta. El sujetador. Me la follo ya. Respira.
Me hice al borde del sofá, alargué la mano y le acaricié el coñito depilado.
- ¿No vas a esperar a que termine?
- Sólo un poquito, amor. Te dejo terminar. Dale otro repasito así, Pedro.
- A.. g... - tragó saliva - a mandar - respondió él.
- Se me va a morir - añadió Ana, levantándose hacia Pedro para masajearle los hombros.
Aprovechó para mirar más de cerca a XX. Y XX la esperaba, al parecer, porque la siguió desde el sillón hasta ese metro de distancia y se irguió mirándola a los ojos.
- Aunque igual te adelanto y no llego a verlo morirse. - añadió Ana, embobada.
XX se acabó de quitar la camisa mientras me miraba, con medio pezón fuera, que, juro, no sé cuando se le salió, si antes o después de plantarse mirando a Ana. Pero yo lo seguí, con todo el resto de su precioso cuerpo, acercándose a mí, agachándose en el suelo, enfrentándome.
- Te encanta exhibirme.
- Sólo un poquito.
Se levantó ligeramente para besarme. Yo creía que podía reventar en cualquier momento, y no alcanzaba a medir los movimientos que hacía para intentar quitarme la camisa a mi vez, mientras le metía la lengua hasta el esófago. Ella me paró un poco, como pudo, hasta que lo conseguí a costa de cargarme tres botones y la atraje hacia arriba, hacia mí, sobándole el culo sin calma alguna. Se me despegó un poco, lo justo para que la entendiera y frenase.
- ¿Tú no te vas a quitar nada?
Y fue ella quien me acarició las piernas, directa hacia los botones del pantalón. No me hizo sufrir demasiado. Lo justo, calculó, para que no me la follara salvajemente todavía. Con una mano cogió mi polla a través del calzoncillo mientras tiraba de los pantalones hacia abajo con la otra. Me eché hacia atrás para facilitarle el trabajo. Miré, pues, al techo. Luego vería que Pedro había cogido bien la escena. Cuando me incorporé y volví a verla delante de mí, medio segundo más tarde, apartando el pantalón ya en el suelo, no pude aguantar. La cogí del cuello. No podía más. Le aparté la mano con la que me seguía agarrando la polla a través y la atraje hacia ella yo mismo. Si no lo llego a hacer, en ese preciso instante me da una embolia cerebral.
(Continuará)
Fdo.: XY
servido por pareja
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26 Enero 2006
¿Qué hace que no me ha sacado ya de aquí? Llevo toda la cena intentando ponerle cachondo. Hasta los camareros se han dado cuenta, noto cómo nada más salir de la cocina con su bandeja en la mano me ponen los ojos encima y no me los quitan ni mientras sirven su mesa, aunque esté al otro lado del salón.
Ciertamente esta noche visto muy provocativa. He hecho todo lo posible por llegar a desquiciarle, incluyendo los tacones altos y un escote como los que no me pongo desde el verano. Me había dicho alguna vez incluso que no quería que saliera con esta falda, que me miraban demasiado. Pero hoy me da igual, cuantos más me miren más cachondo se va a poner.
Dios, me miran hasta las camareras. Con las mamadas que le he pegado a los espárragos, no me extraña. ¿Pero es que él no se da cuenta? Cojo otro y le mojo la puntita en mayonesa; a ver si mira... y entonces me lo meto en la boca.
Joder, si lo llevo haciendo toda la noche. Desde que empecé jugando con las aceitunas clavadas en su palito, lamiéndolas y acariciándome los labios con ellas antes de comérmelas. Y había que verme mordisqueando los pepinillos, y después succionando las gambas. Todo esto bien acompañado con un cava muy frío, que quién sabe por qué pero me excita un montón cenar con cava.
A nuestra izquierda, en la mesa número 6, una pareja que decide saltarse el postre para irse cuanto antes a casa. Creo que mis continuas insinuaciones han llegado hasta ellos y les han dado pie a una conversación que les ha provocado mucha urgencia. Ya están pagando.
A la derecha y un poco a mis espaldas, mesa 9, cuatro tíos no dejan de apostar por quién me haría la guarrada más salvaje. Desde su posición pueden ver perfectamente cómo mi faldita se escurre piernas arriba y sé que les lleva locos. Y hay que ver cómo me han mirado todos cuando me he contoneado hasta el aseo...
Cojo otra gamba y aprovecho para chupar descaradamente mis dedos con la escusa de saborear la sal y el limón. Un sensual "Mmmm..." saliendo de mi garganta... no puede deberse sólo al estupendo sabor del marisco a la plancha, obviamente estoy siendo descaradamente guarra. Y no sólo meto el dedo en mi boca, sino que también saco la lengua para lamerlo. Qué descarada descaradísimamente guarra.
Y él ahí, todo el rato hablando de no sé qué película, como si no fuera de cinco estrellas la que le estoy montando yo. No parece que esté muy por la labor, pero yo hoy quiero escenita y me la va a tener que dar.
Así que paso a las duras, y a pesar de que los manteles de las mesas son cortitos y apenas tapan debajo, no me corto en quitarme el zapato y meterle un pie en la bragueta. Entonces se produce un parón en seco, como si la Tierra hubiese dejado de girar: él deja de hablar de repente, tan bruscamente como yo dejo de respirar. Hijo de puta, tiene la polla más empalmada que entre los 4 babosos gilipollas de atrás juntos. Sigo sin respirar. No me lo esperaba. Entonces, tranquilo, sonríe con cara de bueno (qué cabrón) y me dice:
- ¿Qué pensabas, pedazo de guarra, que ibas a tener a todos enfermos mientras yo, que soy el único que te va a follar, me quedo imperturbable?
Y mi pie ahí, cristalizado, entre sus piernas. No puedo quitarlo, está como hipnotizado por el contacto con algo tan duro. Y palpitante. Golpea mi planta del pie. A cada golpe parece que se pusiera más dura todavía, aunque sé que es imposible. No puede ser, está a reventar. Va a reventar. Le va a estallar el pantalón. Va a reventar. Sigue golpeando, Dios, no para. Le va a reventar. Se le va a reventar.
¡Clinnn! Ah.. eee.. ¿qué...? A un pavo de la mesa 9 se le ha caído la copa sobre el plato, y casi la baba también. Menos mal que algo me ha sacado del trance, podía haber quedado así enganchada mientras le durara la erección.
Que cerdo asqueroso, caigo en la cuenta ahora que puedo. Me estaba dejando comportarme como una zorra sin decir nada. Permitiendo que todo el mundo a nuestro alrededor se pusiera a mil a mi costa. Cómo lo disfruta. Y sigue sonriendo.
¿Eso quieres? Miro a mi alrededor con los ojos entrecerrados, buscando con complicidad a alguien que estuviera siguiendo aún el espectáculo, con vista suficiente debajo de la mesa. Los hay que hasta agachan la cabeza con descaro cuando doy el siguiente paso: empiezo a mover mi pie arriba y abajo. Un movimiento muy evidente, debido al gran tamaño de la polla que acaricio; largo recorrido el que tengo que hacer desde el capullo hasta los huevos, y no pienso dejar nada sin tocar, ni mucho menos se me ocurre hacerlo con disimulo. Tampoco parece que lo quiera él, que mete ahora la mano bajo el mantel para apretar más aún el pie contra su paquete.
- No pensabas encontrarte esto aquí, ¿eh? Y ¿qué vas a hacer ahora?
Mierda, sí, ¿qué hago yo ahora? Se amontonan las ganas en mi cabeza, le haría tantas cosas que no me decido. Puedo tirar las copas y los platos de un manotazo y tirarme a por él. Puedo llevármelo al baño y hacer que me folle sobre el lavabo. Puedo meterme debajo de la mesa y comerle la polla aquí mismo. O desbordar su gran erección abriendo la cremallera, sentarme encima de él con la falda por la cintura y tirármelo en su silla, hasta que nos echen del local.
No sé qué hacer. Él está esperando, y todo el restaurante también. El ambiente huele a ropa interior mojada. Y decenas de ojos siguen clavados en mí. Sobre todo dos, dos ojos rasgados que me empiezan a intimidar. XY no está dispuesto a esperar más, quiere lo suyo y yo quiero dárselo. Voy a lanzarme. Voy.
Fdo: XX
servido por pareja
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15 Enero 2006
No sé si ocurre de veras, no sé si se trata sólo de algo que me gusta creer, pero me encanta pensar que puedo advertir cuándo él está excitado.
Cuando conoces bien a alguien puedes verlo, aún sin intención por su parte de hacerlo saber, sin que se percate siquiera de que tú lo sabes. Por una mirada perdida, o muy fija y penetrante; por un temblor en el pie, la pierna, o por darse palmaditas en la rodilla; por una respiración agitada o todo lo contrario, un suspiro muy profundo; por un morderse el labio, generalmente el inferior, bien por un lado, algo más recatado, o bien todo él, cuando la pasión es más incontenible.
Pero sin duda lo más satisfactorio es detectarlo en la manera en que te mira. Esa mirada que te absorbe, que casi intimida, atravesando tus ojos para llegar a tus pensamientos y leer, porque así quiere él que sea, las mil guarrerías que andan rondándote le cabeza. Puede parecer sólo una mirada fija, pero tú sabes que busca eso. Así que le correspondes despistadamente con un leve gesto lascivo, como lamerte el labio suavemente con la punta de la lengua, que puede que él ni advierta de forma consciente, pero que es la confirmación de lo que buscaba, y desata ya un deseo irrefrenable.
Y pasa a atravesar ahora con la mirada tu ropa; sabe bien lo que hay dentro, así que lo imagina a la perfección, como si lo estuviera viendo. Esto le enciende sobre todo si hay gente delante, porque te tiene ahí desnuda, entre otras personas, pero sabe que sólo él puede disfrutarlo.
Aunque a solas tiene también su encanto, porque puedes llegar más allá sin escandalizar a nadie, si es que no quieres hacerlo. Utilizar los movimientos de tu cuerpo, no en sí eróticos, pero sin duda sí en este momento: una presión fuerte con la mano en el cuello, como masajeando; un estirar los brazos hacia atrás como desperezándose, apretando bien el pecho hacia delante; abrirse el escote, sacudiéndolo como para bajar las altas temperaturas de tu cuerpo caliente, a la vez que se deja ver tímidamente alguna imagen íntima; rascarse despistadamente un pecho, bordeando el pezón para terminar dándole un suave pellizquito... Y de aquí a una caricia que baja por el costado, atraviesa el vientre, y roza el pubis hasta perderse en el muslo... no hay nada.
Cuando ha llegado a este punto, en el que mezcla la realidad con sus sucios pensamientos hasta casi no percibir lo que es una cosa y lo que es otra, puedes jugar con él descaradamente sin que se dé cuenta, llevándolo hacia donde tú quieres, pues en el fondo estás ya tan excitada como él y quieres sacar partido a la situación; así que empiezas, por ejemplo, apoyando la barbilla sobre la mano, lo que te permite jugar con algún dedo en tus labios. Estos se mantienen primero cerrados, pero pronto los abres y permites que el dedo entre suavemente para acariciarlos por dentro, hasta llegar al momento tan deseado por él en el que tu boca toma parte activa en la jugada y chupa el dedo. Esa ligera succión le transporta irremediablemente a similares movimientos que tantas veces te ha visto hacer en su pene; así que tu dedo pasa a ser, en su imagen mental, la puntita de su polla. Y cada vez que haces entrar y salir el dedo de tu boca, para él en tu boca entra y sale, a punto de estallar, su gran capullo.
Y por supuesto, en tu cabeza ya también. No lamerías así tu dedo si no estuvieras imaginando que es otra cosa. Así que, ya desinhibida, lo lames, lo chupas, lo haces entrar y salir con vigor, lo mordisqueas, y si todavía puedes, vas acercándote hacia él. A mí, generalmente, no me da tiempo; es él quien viene hacia mí, con la bragueta bajada y me mete la polla en la boca, como ambos estábamos deseando. Puede incluso que él crea que me pilla por sorpresa. No sabe cuanto rato llevo conduciéndolo hasta aquí...
servido por pareja
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14 Enero 2006
La primera vez que nos acostamos fue una revolución para mí. Hasta qué punto eso hizo que terminara casándome con él, no lo sé, pero tampoco me importa. Me gusta que mi marido sea quien mejor me ha follado nunca.
Supongo que la gran diferencia, considerando que todavía no habíamos alcanzado esa compenetración que, a mi parecer, mejora tanto una relación sexual, creo que fue la estupenda forma de su polla. Tiene eso que en alguna revista se ha catalogado como “forma preferida por las mujeres” (qué de acuerdo estoy con ello): empieza en una base más estrecha que el resto, y va ensanchándose hasta llegar a un tremendo y prominente capullo, o como yo me imaginaba en ese momento, una gran maza que abarrota de entrada y debe volver a abrirse paso para salir. Eso era lo que se repetía en mi cabeza durante toda la penetración: “arrambla para dentro, arrambla para fuera”.
Lo cierto es que ya se la había visto antes de aquella noche. Un primer contacto sexual en el que apenas hicimos nada, pero que me dejó con la miel en los labios. Era la polla más grande que había visto nunca, más allá del hecho de que él sea un hombre más bien pequeño (aunque, Dios, perfectamente modelado). Recuerdo esa sonrisa estúpida que se dibujaba en mi boca cuando pensaba en ella, lo que sucedía prácticamente a todas horas; ciertamente, cualquier tontería me la recordaba, cualquier objeto lejanamente fálico me evocaba a aquel maravilloso miembro que tanto anhelaba volver a encontrarme delante. Lo que más imaginaba era esa grandiosidad llenándome la boca, quería besarla y chuparla y meterla hasta mi garganta, sintiendo que no me cabía más. Y todavía no sabía lo que “eso” podía ser follándome...
“Joder”, esa era la palabra que él utilizaba. Lo prefería a “follar”, no recuerdo muy bien por qué. A mí “joder” me suena a algo más guarro, pero no me parecía en absoluto desafortunado; de hecho, yo me sentía más guarra que nunca con aquello delante. En realidad él me gustaba no sólo sexualmente, era un tipo que me interesaba se verdad, pero cuando me jodía no sentía nada más que su polla jodiéndome. Sí, jodía con él, y en el antes o en el después ya me encandilaría con sus conversaciones. Pero jodiendo, sólo me estaba jodiendo. Y, ¡joder!, como nunca me habían jodido.
Fdo: XX
servido por pareja
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