La Coctelera

Relatos eróticos de una pareja

Categoría: Ella y otras

5 Abril 2006

XX - En tu trabajo, mi amor (II)

No sé si no podía contener mis gemidos, o no quería. Sé que al principio lo intentaba, pero llegó un momento en el que creo que empezó a darme igual. O incluso... puede que me gustara que ella me oyera.
No era la primera vez que XY me follaba en el trabajo, desde luego, pero siempre había sido estando a solas, al menos hasta que alguien llamaba al timbre y lo teníamos que dejar. Alguna vez incluso, le comí la polla en la salita de empleados mientras un cliente en la sala de al lado esperaba que yo volviera con los resultados. Pero nunca me la había jugado así, completamente expuesta a que María, con lo amiguita que viene siendo últimamente del jefe, se fuera de la lengua y mi puesto de trabajo se viera en serio peligro. Y allí estaba yo delante de mi atónita compañera, mirándola, con mis manos apoyadas en la mesa revuelta de historiales, dejando que XY me empotrara brutalmente desde atrás. No intenté esconderme, no me vestí aprisa mientras silbaba disimulando; sólo me quedé mirándola, con una evidente invitación a disfrutar del espectáculo.
Será que en el fondo sabía que ella iba a terminar siendo tan culpable como yo.
"Mira a tu amiguita, cerda. Te está comiendo entera con la mirada, ¿lo vés?"
Qué ciertas las palabras de XY. Efectivamente, María me comía con los ojos. Y efectivamente yo, toda cerda, la miraba con cara lujuriosa mientras ella se mordía los labios de deseo.
Sí, su repuesta no fue tampoco mirar hacia otro lado y marcharse haciéndose la despistada, sino que quedó enganchada a lo que allí ocurría. No le pareció mala idea participar de tan atractivo descanso, bien podía sustituir a un amargo café soluble; así que, ante la invitación de XY, había atravesado el quicio de la puerta y estaba ahí, a la espera del siguiente paso.
No sé si por instinto o por experiencia, pero ella se adaptó perfectamente a la situación ante la que se encontraba: XY era en ese momento el amo de lo que ocurría, y si algo debía hacer ella sería por expresa orden suya; así que permaneció ahí de pie aguardando instrucciones.
- Te gusta el espectáculo, ¿eh? - dijo XY, y María asintió con la cabeza sin dejar de mirarme - ¿Te gusta? ¿Te gusta?
- Me encanta ver cómo disfruta - contestó al fin ella.
- Vamos, acércate más, si lo estás deseando - y María se plantó a dos palmos de mi cara, desde el otro lado de la mesa -. Y tápale la boca a esta guarrilla o los gritos se van a oir desde la calle.
Obediente y complacida, acercó su boca a la mía hasta detenerse casi rozándome. Aunque yo intentaba sujetarme fuerte, las embestidas de XY balanceaban todo mi cuerpo, así que mis labios golpearon los suyos mientras ella permaneció ahí, seis o siete toquecitos; ya no pude esperar más: saqué mi lengua, buscándola, y respondió enloquecedoramente metiéndosela sin miramientos en la boca, con una leve succión. No se puede decir que me besara, más bien me estaba "comiendo el morro": mordisqueaba, lamía y metía la lengua en pequeños y sabrosos movimientos, o ambiciosamente hasta lo más hondo que pudiera llegar. Mis gemidos retumbaban en su boca, lo que parecía encenderla aún más.
XY salió de dentro de mí y se separó, no sé si para evitar correrse, pero yo en ese momento no lo pensé; me giré con cara enfurruñada y le puse morritos.
- Qué pasa, ¿también te gusta lo que doy yo? ¿No te basta con tu amiguita? - dijo él con una sonrisa pícara.
- Sabes que quiero polla. No pares, dame un poquito más...
Me volvió a dar la vuelta de espaldas a él, pero completamente de pie. No necesita especiales facilidades para poder penetrarme, su enorme miembro llega muy bien a todas partes. Así que, estando así, me la colocó de nuevo a la entrada de la vagina y empujó; una vez dentro, señaló a María dónde debía colocarse: ante mí, arrodillada en el suelo, con su boca a la altura ideal para recibir la siguiente orden:
- Si le has comido así la boca, vamos a ver lo que le haces en el coño - y, enganchándola del pelo, la atrajo hacia mí.
Por supuesto, yo entreabrí las piernas para dejarla hacer, y ella se puso a lamerme el clítoris con avidez. La sensación que tuve fue de completa entrega, pensaba que no podía disfrutar más, con mi marido enganchándome las tetas y follándome con cuidado, y María lamiéndolo todo. Se agachaba para alcanzar incluso a lamer la polla de XY mientras entraba y salía de mí. Joder, eso me encanta. No es sólo el placer que siento yo; es saber que él está al límite, envuelto por mí y por su boca a la vez, teniendo chupado y empapado en saliva todo lo que no llega a estar dentro de mí.
Se notaba que ella disfrutaba también. Gemía y se afanaba en su tarea, y sólo algún momento paró y se apartó unos centímetros para poder observar bien su campo de trabajo, lanzándose hambrienta de nuevo hacia mis labios o hacia sus huevos.
- ¡Joder! ¡No pares! - le dijo XY, aunque no parecía que ella pensara hacerlo. Estaba claro que le gustaba su papel (y por supuesto a nosotros nos encantaba). María se puso una mano entre las piernas y empezó a frotarse con rapidez, como diciendo "ya no puedo más", y nos chupó de forma caníbal, intentando meter la lengua dentro de mí a la vez que lo hacía XY con la polla. Su cara ya estaba empapada de flujo y de saliva, seguramente sus bragas chorreaban también, yo pensaba que me moría y por los lloriqueos de XY él estaba también a punto de reventar. Viendo que superaba mi punto de autocontrol grité: "Mierda, ¡joder!, ¡córrete!, ¡dánoslo ya, empápanos!, sí, suéltame ya el gran chorro que tienes para mí, ¡sí, sí, SÍÍÍÍÍÍ...!!!

Al final, ambos teníamos razón. María me deseaba a mí, pero también le gustaba calentarle la polla a XY. "Desde luego, para terminar follándote a una tía no hay nada como mostrarle a él, lado animal de la pareja por excelencia, lo guarra que puedes ser con su chica", llegó a confesar después. Pero en cualquier caso, el envite fue que si ella era bollera (o bi) y yo le gustaba, luego el ganador fue XY. Así que en nuestra siguiente escapada a la playa, decidió él, como ganador de la apuesta, cómo pasar el rato. Me encanta perder estas apuestas con él...

Fdo.: XX

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15 Enero 2006

XY - A XX le gustan otras


Mi esposa, a día de hoy, no sólo disfruta del sexo conmigo. Soy su única polla, pero no la única persona de la que se sirve para recibir placer. Ya es otra historia quién disfruta más, ella o yo... al menos, es como para discutirlo.


Al principio ni siquiera me resultaba algo estimulante; teniendo incluso en cuenta que a mí (no como a usted) sí que me gusta la pornografía, la visión del sexo entre mujeres no me resultaba excitante. A no ser que un hombre participase como centro de atención, las mujeres en escena me resultaban algo intrascendente. Al fin y al cabo, en mi educación católica, apostólica y romana, que llevo muy a gala, la verga es el centro de la creación; pues de la verga es de donde la vida emerge, en forma de borbotones de semen; y lo de menos, entiendo, es que ese sagrado ritual esté directamente destinado a la unión de su carga espermática con las células apropiadas para la concepción. Lo santo es santo también en su mera forma ritual, porque si no, en las misas tendrían que comerse a gente, y en semana santa crucificarían al mismo tipo durante miles de años.

Pero en fin: la tela es que no, que no me ponía a mí en solfa el ver a dos tipas en sesenta y nueve, salvo que la escena estuviese muy bien hecha. Con el tiempo, que es a donde alguna línea de estas llegaré, comencé a añadir otra excepción a la negativa regla; si en ese momento mi mujer estaba a mi lado, y me daba involuntariamente (al principio, vamos) por imaginarla en el lugar de una de ellas, sí que me gustaba.

Recuerdo, incluso, la primera vez que pasó (o eso creo recordar). Fue mientras veía “Calígula”. Hay una escena en la cual, tras espiar una de las numerosas cópulas del emperador a través de un agujerito en una pared, dos cortesanas, a la sazón muy del tipo “Mega Vixen” protagonizaban un gran polvo femenino, aunque de los que realmente están hechos para hombres. Yo me la imaginé en lugar de una de esas tipas, porque ambas eran propietarias de sendos culos, similares al de mi esposa: generoso, voluptuoso, maravillosamente hecho para ser follado y contemplado al tiempo. Más grande que el de las tanga-girls, esos suplicios a cuatro patas.

En fin. Vuelvo. La cuestión es que mi mujer es del género “Mega-Vixen”, a pesar de no tener unas tetas enormes. Es alta, de generosas curvas, y anda rompiendo el suelo, sacando pecho, con la cabeza alta. Hay mujeres que pueden pasar a tu lado provocando una reacción u otra, dependiendo de cómo se arreglen ellas y cómo te pille a ti el día. Muy variables. Otras son muñequitas que provocan un tierno romanticismo; hay una enorme gradación entre las mujeres que llaman positivamente la atención: provocan ganas de abrazarlas, besarlas, evocan escenas a cámara lenta y con violines, o con guitarras eléctricas oscuras y doble bombo, dan ganas de batirse en duelo al amanecer, pellizcarles la mejilla o follarlas.

Mi mujer es de éstas últimas. Su imagen dice “no eres suficientemente hombre, te destrozaría sin enterarme”. Y su expresión la reafirma. Y a uno le entran ganas de demostrarle que sí, que es hombre, que vas a enterarte tú de lo que vale un peine. Puta, se añade. Vas a tragar lo que no está escrito. Y te voy, o vamos, a dejar sin andar tres meses, de la enomre sobredosis de polla o pollas que voy, o vamos, a darte. No quiero ni pensar en la cantidad de palabras sucias que los tipos que la ven o la tratan le ponen en la boca cada día. Porque, además, lleva el pelo corto, y eso acentúa su imagen chulesca. Castaña, de ojos grandes, culo y muslos generosos, curvas pronunciadas, guapa de cojones... en fin. Que está muy jaca y muy buena, joder.

Y viendo Calígula imaginé el temblor del culo que había en pantalla como el temblor del culo de mi mujer. Después de eso, o quizá antes (ya he dicho que los lindes son difusos), comencé a soñar, y luego a fantasear en vigilia, con escenitas entre mi mujer y otras mujeres, ante todo escenas en las que varias mujeres se dedicaban a ella mientras ella se dejaba hacer y manejaba cervatillas a su antojo. Cuando yo aparecía, yo dirigía la orquesta, y ella, por supuesto, era en mis sueños la misma perra multiorgásmica de siempre, loca de placer por cualquier cosa que yo les ordenase hacerle.

Ella lo sabía, por supuesto. Durante mucho tiempo no fue más que mi fantasía. Cuando aparecía, y yo lo comentaba, lo toleraba, más que nada. Pero yo, de vez en cuando, descargaba alguna película de internet. Una de ellas cayó del cielo, y no de un servidor de Emule.

Grabé en un cedé un par de cortos de Tinto Brass. Una de ellas tenía una bonita escena de lesbianismo bastante creíble en cuanto a cómo ocurría la cosa, y la otra una escena que disgustó a mi mujer, en la que tres hombres manejaban a una tipa en un ascensor. La buena fue la tercera: una película sencilla, perteneciente a una serie porno americana, muy luminosa, en la que tres chicas se desnudaban sonrientes, las unas a las otras, sin ninguna prisa. En la que se turnaban para tocarse un poco, muy despacio. Sin prisa se besaban, se lamían con delicadeza, se masturbaban con un placer muy bien actuado (quizá) las unas a las otras. No estaba destinada a un público masculino, pues lo primero que suponía una penetración tardaba veinte minutos en aparecer. La cuestión es que yo esperé. Me relajé. Me gustó. Y estaba tumbado en el sofá con mi mujer. La volví a imaginar en una película, en ésta. Observé su reacción al tiempo. Me dio la impresión de que le gustaba, y más tarde me lo dijo ella. Me excité pensando que quizá, incluso, esté poniéndose ella ahí, lamida por dos hábiles lenguas femeninas, imaginando que yo ponía mi parte y otras le daban más aún.

Durante un tiempo, sólo hubo sueños por mi parte, y sonrisas cada vez más amplias por la suya. Pero no pude evitar, al fin, reconocer mis propias sensaciones al recordar ciertos sueños. Me fue gustando soñar, cada vez más. Pasé a contarle mis sueños. A fantasear, más tarde. Bromeábamos con cómo sería si lo hiciese de verdad. Y mi fantasía, quizá por lo enfermo que me veía ponerme, se fue convirtiendo en la suya, cuando se excitaba mientras yo hablaba. Después, dudé de querer que pasara. Al fin, quise. Las bromas entre nosotros iban en crescendo lentamente, pero yo seguía teniendo la sensación de que en esa recién estrenada “fantasía” suya había una gran dosis de sencillos deseos de hacerme feliz a mí. Pedírselo, casi. Pedírselo. Pedir que fuésemos de garitos de ambiente, que saliésemos para verla tontear con mujeres... esas cosas inocuas. Y ella decía “sí”.

[...]

Después de las cervezas con una pareja de amigos, un Viernes cualquiera; para XX el cubata, fui yo quien propuso ir de garitillos de ambiente. A mí el vino me había disparado la líbido, así que intenté tranquilizarme cuando XX me miró, insinuante, quizá bromeando más que otra cosa, pero desquiciando mi imaginación, a la que en ningún asunto, bueno o malo, se debe dar cuerda más de lo justo. Está siempre bastante activa.

Fuimos a un primer garito gay, y sentí un puntillo de desagrado por la reinona que estaba delante de XX, mientras yo la flanqueaba, cogiéndola bajo las caderas, protegiéndola instintivamente de todo contacto físico con otro ser, mientras me liberaba por unos segundos de una fantasía de alto contacto. Porque se me ha olvidado comentar que soy brutal y extremadamente celoso. O sea, un moro de cojones. De lo que ya no hay. Un rato bailando, un par de copas, un par de bailoteos con nuestros amigos y de XX cerca de alguna chiquilla que le llamó la atención... y salimos de allí.

Al entrar en el siguiente, un bar de lesbianas, me encendí. Se dio la vuelta mientras flanqueábamos la puerta y sonrió. Le gustó la música al entrar. Se fue directa a la barra, para pedir algo, y ahí la solté. Nuestros amigos se apartaron un rato para besarse y seguramente decidirse hablando para largarse ya. Se fueron enseguida. Mi mujer pidió con una sonrisa melosa, mientras a la camarera se le iba un poco la vista de arriba a abajo, de abajo a arriba, de arriba a abajo; mi mujer se dio la vuelta y se separó un poco de la barra, dejando a la muchacha ver de cuerpo entero por un momento. El top negro corto, la falda negra no muy larga ni muy corta, de picos. Se apoyó en la barra, mirando al tendido, con los brazos abiertos y apoyados en la barra, sonriendo y haciendo un barrido para que yo la viese hacerlo.

No me gusta ninguna! - me gritó – me parece que ninguna va a tener una polla como la tuya – bromeó.
Mal asunto si la tienen – respondí.

Al rato, ya llevaba mi esposa una considerable cantidad de alcohol encima. Las chiquitas que se habían acercado a nosotros hablaban con ella mientras yo miraba al vacío y, de vez en cuando, alguna se dirigía a mí por cortesía. Una de ellas, la de la cara redondita, la menos pequeña, levantaba la barbilla para hablarle a mi mujer todo lo cerca que fuese posible, mientras estratégicamente pasaba la mano tras ella por la barra. Algún piropo le echaría, al que XX respondió algo gracioso. La muchacha se rió, y, también muy estratégicamente, se echó hacia delante para tocar a mi mujer. Ella no se retiró, y rieron mientras yo recibía alguna miradita de reojo.

En uno de esos impases, XX alargó la mano hacia atrás, agarrándome directamente de la polla a través del pantalón, sólo por un segundo. Lo suficiente para volverse y sonreirme frunciendo el ceño, diciendo clara y bondadosamente “estás empalmado, cabrón” mientras se seguía riendo. En ese momento comenzó a alejarse de la barra, muy poco a poco, despegando al baile, y alargando una mano hacia el hombro de la otra, pasándole un dedo muy cerca del pecho al retirarse, para seguir con su pre-baile mientras se dirigía al centro de la pequeña “pista”.

Pero su amiguita no parecía dispuesta a dejarla alejarse. Yo la observaba, y juro que ya había visto esa mirada: en National Geographic. Pero al revés: aquí, una gacela acechaba a una leona. La miraba anhelante, suplicando. Quería entregarse. Una sumisa en potencia. Se fue directa a ofrecerse en la pista. XX la vio venir y me miró. Estaba muy claro que la esperaba.

No pasaron treinta segundos cuando ya se le había acercado hasta poder decir que estaban bailando juntas, y no simplemente en el mismo lugar. La cogió en cuanto se acercó lo suficiente, y mi pulso se desbocó. Comenzaron a... sobarse, sí: esa era ya la palabra. Estaba bailando con ella, cada vez más constantemente agarrada a su culo. Bajaban y subían sus manos mientras yo me quería morir. Si no hubiese estado tan hipnotizado, me hubiera abalanzado sobre ella ahí mismo, le hubiese levantado la falda y reventado a pollazos ahí mismo, de espaldas, en el primer sillón o en la pared o en la barra. El bar era bastante oscuro, y las luces azules y verdes, centelleantes lentamente, sin ser cansadas, sólo me volvían más loco.

Se acercaron para pedir, de nuevo. XX me alargó la cabeza y me dijo: “¿Le puedo dar un besito?”. “¿Quieres hacerlo?”, respondí yo, intentando sonreír en señal de aprobación picaresca; pero no me debió salir bien, porque ella volvió a insistir, viendo en mí más una mueca alucinada que lo que yo quería, quizá temiendo que estuviese yo enfadado. “¿Quieres tú? ¿Estás preparado?”, insistió.

“Sí, pero puedo morir de un infarto” - dije, esta vez consiguiendo transmitir lo correcto. Mi mujer se dio la vuelta, acorraló a la muchacha contra la barra, entre los brazos; metió su rodilla ligeramente entre las piernas de la otra, y fue acercándose a su cuerpo de arriba a abajo, de los muslos hasta la cara. Al terminar de acercarse, le dio un primer beso pequeño, dulce, pero sintió tanto la urgencia de la otra, que se contagió también. Bajó una mano de la barra hasta sus caderas, y mientras el recorrido seguía ya sobre el final del vestido de la muchacha, abrió la boca y humedeció el beso. Vi la lengua de mi mujer a cámara lenta, comenzar entrando, saliendo, jugando con la otra, mientras la chica abarcaba con sus manos el culo de mi esposa y su estómago, poco a poco bajo la camiseta. Dios, qué lengua tiene mi mujer. Cómo la usa. La conozco muy bien, y sé cómo disfrutaba la chiquilla.

Nos fuimos. Mi mujer hizo amago de sentarse delante, al llegar al coche. La muchacha la seguía, y abrió la puerta de atrás, mirándola. XX sonrió. Se agachó y me dijo “cariño, no te importa en absoluto que vaya detrás”. Afirmando, sin duda. Yo no respondí, claro. Al llegar a casa, me adelantaron, juguetonas, y se subieron en el ascensor. Yo subí por las escaleras. No sé qué pasó ahí dentro, pero cuando llegué arriba, coincidiendo con ellas, jadeaban más que yo; más que un fumador empedernido después de cuatro pisos a toda leche. ¿Que porqué no esperé a que el ascensor volviese a bajar? Tsch, tsch: pregunta estúpida, amigo lector.

Hizo como que cerraba la puerta delante mía, empujando a la chica de las caderas. Yo las seguía. Me miró a través del espejo, sostener la puerta y pasar. Me sonreía excitada. Quizá mi taquicardia le excitaba más que la chica que se moría por ella esa noche, tan enferma por mi mujer como yo mismo.

Pasamos al salón y bajé la luz, mientras XX besaba a su presa, y la empujaba contra el sofá para luego girarse hacia mí. Me dió un largo beso, llevándome hasta un sillón junto al sofá, y me desabrochó el pantalón extrayendo una de las erecciones más brutas que he tenido. Me hizo sentarme, arrodillándose frente a mí. Me puso al borde del infarto lamiéndome desde los huevos hasta la punta, despacio; engulléndola una sola vez, con la misma lentitud. Se separó enseguida de mí y se dirigió al sofá, donde la chica ya estaba medio recostada, abrazándose el vientre, nerviosa, mirando a XX con los ojos como platos, suplicante, apretando las piernas inquietas. Se abrazaba, como no queriendo tocarse hasta que mi esposa lo hiciese, pero sintiéndose incapaz con las manos libres. XX se recostó sobre ella y se fundieron de nuevo en un beso húmedo, largo. Le acarició la parte interior de los muslos mientras la muchacha llevaba sus manos, frenética y contenida, buscando las tetas de mi mujer. XX se quitó la camiseta lentamente y su esclava lamió con frenesí cada centímetro que se iba descubriendo. Cuando no había acabado de quitársela, ya estaba engullendo, despacio pero intensamente, sus pezones. Entonces, XX se tumbó de cara a mí, mirándome, mientras enfrentaba a la otra, atrayéndola.

Comenzaron a buscarse con las manos. Mi mujer cerró los ojos con un pequeño gemido mientras yo veía aparecer su mano entre las piernas de la otra, acariciándole el culo, moviéndose lentamente adelante y atrás. Las faldas, de tela delgada, estaban ya en ambas caderas, y yo veía, desde mi posición, cómo sobaban a mi mujer, cada vez más fuerte.

XX fue la primera en quedar desnuda. Su presa tenía prisa, un ansia cristalina y fiera por chuparla, lamerla, sobarla a conciencia. Se quitaba el sujetador mientras estaba ya mirando como su mano avanzaba entre las piernas de mi mujer. Luchaba por ahogarla con su lengua, y gemía cadenciosamente junto a XX, que ya culeaba, buscando que se metiera un poco dentro de ella. Fuera de sí, la muchacha, se liberó de todo lo que le quedaba y pegó sus tetas a las de mi esposa, mientras la seguía besando. La invitada se detuvo un segundo, ligeramente, para mirar a XX. Bajó lentamente por su cuerpo mientras mi mujer hacía ascender su coño. La buscaba.

Cuando ví el cuello de la chiquilla hundirse, y el cuerpo de mi mujer arquearse sobre su cabeza, pude haber muerto de un infarto. Mi mujer cambió los gemiditos por un “aaahh...” grave y profundo, que casi sonaba a orgasmo. Me miró mientras parecía que fuera a meterle la cabeza entre las piernas y arrancarse las tetas, gritando más y más cada vez.

Me dijo “ven”, y casi me corro en ese momento. Me acerqué a ella mientras me masturbaba lentamente. Me cogió con una mano. “¿Te gusta ver como me follan?” (Cómo sabe lo que me gusta oirla, por dios) “Sí, mi amor”, le respondí. Volvió la vista hacia ella, la agarró de la cabeza y la enterró entre sus piernas, moviéndose ella misma sobre su boca, hasta que tuvo su primer orgasmo de la noche. Se quedó tumbada, atrayendo a la muchacha con las manos hasta ponerla a horcajadas sobre su cabeza. Vi a mi mujer atrayendo ese coño hacia ella, con la misma cara de guarra que cuando se tragaba mi polla en su momento más hambriento, con esa expresión de guarra enloquecida que me desquicia a mí. La chica casi lloraba. Echó el cuerpo atrás, cabeza incluída, para buscar la lengua de XX también en su culo. Mi esposa cerró los ojos y se concentró en dar placer. Supo hacerlo.

Sólo se detuvo un momento, el tiempo para decir, con la voz más grave y cerda que le he escuchado: “¡VEN AQUÍ, TÚ!”. Me quité la ropa, me metí entre las piernas abiertas de XX, aparté su mano y la clavé fácilmente, de un golpe, hasta apoyarme, sintiendo que llegaba hasta el fondo y aún más. Aulló como una perra, soltando por un momento el clítoris de la tipa, para volver inmediatamente, estrujándole los muslos hasta que se corrió por primera vez en la vida con una polla entre las piernas y un chocho en la boca.

Fdo: XY

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