XX - Comienza la obsesión
La primera vez que nos acostamos fue una revolución para mí. Hasta qué punto eso hizo que terminara casándome con él, no lo sé, pero tampoco me importa. Me gusta que mi marido sea quien mejor me ha follado nunca.
Supongo que la gran diferencia, considerando que todavía no habíamos alcanzado esa compenetración que, a mi parecer, mejora tanto una relación sexual, creo que fue la estupenda forma de su polla. Tiene eso que en alguna revista se ha catalogado como “forma preferida por las mujeres” (qué de acuerdo estoy con ello): empieza en una base más estrecha que el resto, y va ensanchándose hasta llegar a un tremendo y prominente capullo, o como yo me imaginaba en ese momento, una gran maza que abarrota de entrada y debe volver a abrirse paso para salir. Eso era lo que se repetía en mi cabeza durante toda la penetración: “arrambla para dentro, arrambla para fuera”.
Lo cierto es que ya se la había visto antes de aquella noche. Un primer contacto sexual en el que apenas hicimos nada, pero que me dejó con la miel en los labios. Era la polla más grande que había visto nunca, más allá del hecho de que él sea un hombre más bien pequeño (aunque, Dios, perfectamente modelado). Recuerdo esa sonrisa estúpida que se dibujaba en mi boca cuando pensaba en ella, lo que sucedía prácticamente a todas horas; ciertamente, cualquier tontería me la recordaba, cualquier objeto lejanamente fálico me evocaba a aquel maravilloso miembro que tanto anhelaba volver a encontrarme delante. Lo que más imaginaba era esa grandiosidad llenándome la boca, quería besarla y chuparla y meterla hasta mi garganta, sintiendo que no me cabía más. Y todavía no sabía lo que “eso” podía ser follándome...
“Joder”, esa era la palabra que él utilizaba. Lo prefería a “follar”, no recuerdo muy bien por qué. A mí “joder” me suena a algo más guarro, pero no me parecía en absoluto desafortunado; de hecho, yo me sentía más guarra que nunca con aquello delante. En realidad él me gustaba no sólo sexualmente, era un tipo que me interesaba se verdad, pero cuando me jodía no sentía nada más que su polla jodiéndome. Sí, jodía con él, y en el antes o en el después ya me encandilaría con sus conversaciones. Pero jodiendo, sólo me estaba jodiendo. Y, ¡joder!, como nunca me habían jodido.
Fdo: XX


xy dijo
Ni el dinero, ni la casa, ni los logros profesionales... lo que realmente nos hace sentirnos bien es tener una buena polla. Que mi mujer escriba estas cosas me hace sentir bien.
¿O acaso la mía es normalita y lo que pasa es que sus anteriores amantes tuvieron minipollas ridículas? Nunca lo sabréis... hahahaha!!!
¿O doy medidas, amor?
15 Enero 2006 | 02:07 AM